El sentimiento de miedo nos paraliza, nos hace ver
barreras donde no las hay, nos aniquila, nos destruye. No nos aporta nada
positivo, quizá solo el tener más cuidado, aumentar la cautela. Cuando el miedo
se instala en nuestra mente, lo invade todo.
Llevo siendo víctima de esta emoción desde que tengo recuerdos.
Hay muchas personas que piensan que soy valiente, solo porque he aceptado vivir
mi vida con las cartas que me han tocado. Eso no tiene mucho mérito. Aunque
tengo que admitir que, a pesar de vivir llena de temores, psicológicamente soy
fuerte y eso ayuda.
La lucha es constante, no debemos bajar la guardia. Tenemos que
admitir nuestras debilidades y potenciar nuestras fortalezas y cuando sintamos
pánico por la situación que vivimos lo mejor es enfrentarnos a ella, mirarla
cara a cara, haciéndonos los valientes, aunque no lo seamos.
Os cuento lo que me ayuda a mí por si os sirve. En los últimos
meses, mi cabeza está llena de ideas aterradoras, cada noche me visitan los
pánicos, pánico ante las caídas; los dolores, cada vez más diversos; el
deterioro de mi estado físico a medida que cumplo años; pánico al futuro. No
puedo vivir así. Por eso, he llegado a algunas conclusiones que me permiten
avanzar en lugar de bloquearme.
La vida está llena de circunstancias más o menos desafortunadas.
Nadie sabe lo que nos deparará el futuro, pero, en lugar de vivir angustiados
por situaciones que no sabemos si sucederán ¿Por qué no confiar un poquito?
Para los creyentes es más fácil. La idea de un dios que nos protege es un
alivio, una seguridad. Para los no creyentes, bastará con pensar que no podemos
controlarlo todo, que pase lo que tenga que pasar. Así, he aprendido paso a
paso a vivir el día a día, el presente y a enfocarme en lo bueno en lugar de
quejarme por lo malo. Doy gracias por mi vida, por mi familia, y por tener una
casa en la que me siento feliz. Lo demás no importa.