En realidad, yo no sufrí un ictus. Al menos, no de forma
natural. Fui diagnosticada de un angioma en el parietal derecho. Me dijeron que
me tenían que operar porque había riesgo de derrame. La cirugía, me aseguraron,
era la más sencilla que existía de ese tipo. El único riesgo era que durante
una temporada corta, podía ser que en momentos concretos, perdiera un poquito
el control sobre mi brazo izquierdo, solo eso. Se preveía que en un mes estaría
recuperada y me podrían dar el alta. Yo, que soy una ingenua, me lo creí. Puse
mi vida en otras manos y me lancé al vacío.
Cuando estaba en la camilla, en la puerta del quirófano me
inyectaron algo que hizo efecto rápido y sentí que ya no había
marcha atrás, el control de mi cuerpo ya no me pertenecía. Me agobié bastante…
Recuerdo la luz intensa, la mascarilla que me pusieron para
dormirme, las voces de las personas que estaban allí y… nada más. Lo
siguiente que me viene a la mente es la UVI, no sé cuánto tiempo había pasado.
En ese intervalo fui operada dos veces. Me contaron que veinticuatro horas
después de la primera cirugía, sí, esa que era imprescindible para evitar un
ictus, pasó justo eso que pretendían evitar. ¡Ironías de la vida! Nunca sabré
si la hemiplejia se produjo en la primera o en la segunda operación, esa que ya
lo único que pretendía era salvarme la vida, evitar que entrara en coma.
Tampoco sé cuándo fui consciente de lo ocurrido. Solo pensaba
que me habían dicho que era “pasajero” eso fue lo que me salvó, creer que en un
mes estaría bien.
Escribir sobre esto me remueve por dentro, me hace revivir los
peores momentos de mi vida y me hace sentir estúpida por haber confiado en
quien no debía.
En todo este tiempo, no sé la cantidad de veces que he pensado
en lo genial que habría sido no despertar nunca. Sí, yo también tengo mis días
malos. Ocurren de vez en cuando, pero se pasan. Se pasan porque siempre,
incluso en los peores momentos, hay algo bueno. Yo he decidido creer en esto.
Por ejemplo, recuerdo la UVI como un sitio acogedor, se estaba bien, pero el
tiempo pasaba muy lento. Las enfermeras eran muy amables, cada vez que les
preguntaba la hora me respondían con cariño “han pasado cinco minutos desde
que lo preguntaste por última vez” y así pasaron varios
días interminables.
Apenas recuerdo a mi familia en esos momentos. Ellos sí que se
sentían desesperados. Les habían dicho que existía la posibilidad de que no los
reconociera... ¿De verdad?, ¿cómo se pasa de la operación de cerebro más fácil
a esto? Esto es lo que siempre me he preguntado.
Afortunadamente los conocí a todos, mis facultades mentales
“parecían” intactas.
Un día pedí el periódico y permitieron que me lo llevaran. A
pesar de tener mis gafas, noté que no veía bien. Leer tampoco me resultaba
fácil. Era como si todas mis capacidades se hubieran ralentizado.
Cuando finalmente me llevaron a la habitación, entonces fue
cuando vi que mis problemas físicos eran mucho más graves de lo que imaginaba.
No me mantenía sentada. Tenía todo el lado izquierdo paralizado. Al hablar a
veces me trababa, era como si mi pensamiento fuera más rápido que mi voz. Me
había convertido en una muñeca de trapo...
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