Estoy muy agradecida a muchas personas. Todos aquellos que me
cuidaron y me mimaron durante esos aciagos meses en el hospital, merecen mi
reconocimiento. Algunos hicieron mucho más que su trabajo para lograr que yo
saliera adelante. Hoy os voy a hablar de “mi ángel”
La familia Pascual apareció en
nuestra vida en el peor momento y lo cambió todo. Unos, hasta ese momento,
desconocidos se convirtieron para siempre en nuestra familia. Ellos fueron lo
mejor que nos pasó allí dentro. Han estado con nosotros desde entonces. Hemos
compartido risas, bautizos, comuniones, bodas, despedidas y llantos. Lo típico,
en este tipo de relaciones de largo recorrido
Llegaron precedidos de una
auxiliar de enfermería que bajó la persiana de la habitación e insistió en que
la paciente que iba a ingresar no soportaba la luz, ni el sonido alto, así que
nos recomendaba silencio y oscuridad. JA y yo nos miramos desesperanzados, no
podíamos más. Nos fuimos a deambular por los pasillos, no queríamos estar allí.
Lo que parecía que iba a ser
otro drama, se convirtió en nuestra alegría, por fin. Toda esa oscuridad y
silencio duró, afortunadamente, muy poco. A Elisa la operaron y mejoró rápido y
mientras tanto esas personitas maravillosas llenaron la habitación de luz, de
amor, de compañía, incluso de risas, muchas risas.
Una mañana, Cirilo, el marido de
Elisa, se acercó a mí con timidez. Él veía que yo no comía y me preguntó por
qué, después me pidió que intentara tomarme el café con leche, solo eso. Yo,
por no decirle que no, obedecí. Al día siguiente, me pidió que comiera una
galleta, solo una. A ver qué tal; y así, durante nueve días, hasta que me tomé
el desayuno completo. El café con leche y las ocho galletas. Muy a menudo hemos
rememorado esta anécdota. Cirilo escribió una poesía contándola, porque él
escribe. Ahora, al borde de los cien años, ya ha olvidado casi todo. La última
vez que lo vi ya no me recordaba apenas, pero tiene sus poemas metidos en el
alma y los recita a todo aquel que quiera escucharlos.
Gracias Cirilo, Elisa, Lucía,
Feli, Pepe, José Luis, Eugenio. Gracias a todos, a Marta y Sonia, que eran
todavía muy pequeñajas y siempre tenían preguntas que nos ponían a prueba.
También a los que llegaron después, gracias por formar parte de nuestro mundo.
Elisa y José Luis ya no están físicamente, pero viven en todos nosotros. Muchas
gracias.
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