Hoy os planteo una reflexión ¿Qué preferís pedir ayuda si lo necesitáis o que os la ofrezcan de forma espontánea?
Aceptar o pedir ayuda son conceptos opuestos
y, en general, el efecto que nos produce
es muy diferente. Mi objetivo es manifestar lo
que siento cuando una persona hace el gesto de ayudarme sin que yo se lo haya
pedido.
Es obvio que ante una emergencia, como puede ser una caída, lo lógico es actuar de
inmediato. Pero, lo que os quiero contar es mi sensación ante
situaciones cotidianas, cuando pretenden actuar en mi lugar. Tengo que admitir
que este tipo de actitudes pueden generarme bastante enfado y las
percibo como una falta de respeto, es una forma de infravalorar
lo que esté haciendo. Reclamo desde aquí mi
derecho a llevar mi propio ritmo y a proceder a mi manera.
La mayoría de las veces, los que nos
rodean intentan cooperar con buenas intenciones, no lo dudo. Por ejemplo, es
habitual que alguien con su mejor voluntad me agarre de mi brazo izquierdo.
Ignoran que eso me ocasiona una pérdida de equilibrio al
instante. De esa manera, lo que provocan es justo lo contrario de lo que
pretenden.
Aceptar ayuda no siempre es fácil. No es algo de
lo que seamos muy conscientes. Yo os tengo que confesar que solo hay dos
personas en este mundo que saben exactamente cómo y cuándo me pueden ayudar, son mi marido y mi hijo. Con el
resto, prefiero ser yo quien solicite el apoyo si lo considero oportuno. No tengo ningún problema con
ello. No hay nadie que no tenga que recurrir alguna vez a otra persona. Ningún
ser en este mundo es plenamente autosuficiente, aunque
haya quien lo crea.
No quiero terminar sin dar las
gracias a todos los que en algún momento se han ofrecido a echarme una mano,
porque sé que siempre lo hacen de corazón. Lo sé.