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Mi objetivo es ayudar a quién esté viviendo las secuelas de un ictus. Os cuento mis dudas, miedos y lo que tanto me ha costado aprender, de forma positiva y real.

jueves, 23 de febrero de 2023

LAS CAÍDAS

 


Las caídas son algo frecuente cuando tienes una hemiplejia. Me ha pasado innumerables veces. No es nada agradable y entrañan un riesgo, pero son “inevitables”. Si te mueves, antes o después, acabas en el suelo. Por mucho cuidado que tengamos, siempre habrá algún despiste o tropezón. Le pasa a todo el mundo, incluso sin ningún problema de movilidad. Mi media está en una al año. Me han pasado cosas tan curiosas como caerme dos años seguidos en la misma fecha.

La última vez fue hace apenas un par de meses, perdí el equilibrio bajando las escaleras de casa. Me quedé sentada en un escalón. La vez anterior estaba en la calle paseando con mi perra y al subir un bordillo tropecé. Lo malo fue que no fui capaz de levantarme del suelo. Un chico que estaba aparcando su coche me ayudó. La sensación de tristeza que tuve fue enorme porque era la primera vez que necesitaba que alguien me levantara. Me hice consciente de mi situación actual. Al día siguiente dudé en salir a dar mi paseo habitual. Al final, me sobrepuse al miedo y decidí no pensar en ello. Eso sí, aumenté mi cautela. Lo peor es lo malparado que sale mi amor propio de esas situaciones. Estuve semanas sintiéndome fatal cada vez que lo pensaba.

Dediqué mucho tiempo a buscar en internet formas de levantarse tras una caída, pero parece  que siempre es necesaria una silla o algo para apoyarse. Si tenéis algún truco para situaciones parecidas, por favor, contádmelo. Mientras tanto confiaré en que siempre haya alguien cerca para tenderme su mano.

 

 

 

jueves, 9 de febrero de 2023

VUELTA A CASA



Cuatro meses después de ingresar en el hospital, El 15 de enero de 1988 recibí el alta médica. Por fin podía regresar a mi vida. El problema era que mi vida ya no existía, quería volver, por supuesto, pero me aterraba mi nueva realidad. Era un reto al que no sabía cómo enfrentarme. En esos meses, el hospital se había convertido en mi casa. En mi zona cómoda. Allí dentro me sentía segura.

El alta, en el caso de un ictus con secuelas, no implica que estés bien. En los siguientes meses tuve que ir cada día a rehabilitación. Una gran parte de mi tiempo seguía transcurriendo allí.

Lo que sentía era una mezcla de felicidad, miedo e incertidumbre. En aquel momento estaba muy lejos de ser independiente. Había muchísimas cosas que no era capaz de hacer ni podía imaginar la manera.

Por otro lado, fui muy afortunada, en casa no había ni una sola barrera arquitectónica para acceder al portal y desde allí, poder subir en ascensor hasta la planta once, donde vivíamos. Agradecí mucho esa casualidad. Debía ser de los pocos edificios de la zona que no tenía ni un solo escalón de acceso.

Ahora, ya no recuerdo muchos detalles, pero tengo algunos grabados como si fueran de ayer. El primer día que hice la cama ¡Algo tan sencillo! tardé muchísimo y me tuve que sentar varias veces. Fue agotador. Recuerdo también, cuando salí sola por primera vez para comprar el pan. Lo que sentía no era miedo, era auténtico pánico. Tenía que cruzar dos pequeñas calles y aquello me parecía una dificultad insalvable. Cada bordillo era como un gran abismo.

Poco a poco, fui superando todos esos pequeños grandes temores. No fue fácil, ni rápido, no os voy a mentir. Fueron meses, en algunos casos años de lucha.

Aprendí a hacer las tareas cotidianas de otra forma. Me hice más paciente. La calma, que no era una de mis características, se convirtió lentamente en mi aliada. Sin embargo, había también días de desesperación. Mi humor cambiaba constantemente. Incluso llegué a tener una especie de diario en el que iba anotando esas alteraciones. Mi mente se debatía entre la locura y las ansias por recobrar lo que había perdido. A pesar de todo, el ser humano ha sobrevivido y evolucionado a lo largo de la historia por su capacidad de adaptación.

Así, casi sin darme cuenta, me fui acostumbrando a mi nueva condición. Aunque parezca mentira, casi todo se puede hacer con una mano. Empecé a cocinar, poner la lavadora, limpiar, doblar ropa, planchar,… En casa, podía hacer “casi” cualquier cosa.

La vida continúa. Un día descubres que ya puedes ducharte sin ayuda y te sientes como si hubieras subido a la cima del Everest. Compruebas que lo cotidiano lo tienes conseguido.

Desafortunadamente, los grandes sueños de juventud me habían dicho adiós. Una parte de mi vida se había detenido. Las prioridades habían cambiado. Las metas que tenía se disiparon y tendría que buscar otras con el tiempo.

 

 

 

LA IMPORTANCIA DE LAS PALABRAS: NUESTRO DISCURSO INTERNO

  Hoy os traigo un reto: observar  cómo os habláis. Cómo os veis. Es importante prestar atención a los mensajes que nos enviamos. Nuestro di...