La tarde del 17 de
septiembre de 1987, ingresé en Ramón y Cajal. Mi contacto con los hospitales,
hasta ese momento, había sido nulo. A la edad en que otras niñas deseaban ser
enfermeras, yo jamás había dicho algo así. Nunca quise tener nada que ver con
el mundo sanitario.
Mi primera habitación
estaba ubicada en la planta de traumatología, la de neurología estaba llena.
Había dos personas más, Victoria y Paquita. A Victoria le estaban realizando
pruebas por un problema en un ojo. Paquita padecía Parkinson juvenil. Tenía
treinta y pocos años. Victoria fue mi guía en las primeras horas, me enseñó los
trucos que me harían la vida más fácil allí dentro. Paquita apenas se levantaba.
Yo estaba a punto de
recibir la primera lección. Por la mañana, cuando nos despertamos, nos
sirvieron el desayuno. Victoria y yo nos sentamos a los pies de nuestra cama,
de donde salía una mesa para comer. Apenas estábamos empezando cuando la puerta
se abrió. Un celador y una auxiliar entraron y nos preguntaron si nos importaba
que lavaran a Paquita mientras nosotras desayunábamos. Victoria, con la mayor
naturalidad dijo que no, por supuesto, que pasaran. Yo apenas pude negar con la
cabeza. Agradecí que mi cama estuviera en el otro extremo, junto a la ventana.
Estaba impactada, intenté tragarme
las lágrimas mientras mi voz interior me insultaba por esa reacción. Miré al exterior, a ninguna parte, porque lo que realmente veía era mi conducta pueril.
Aquello quizá me preparó
para lo que estaba por venir. En menos de un mes yo sería como Paquita. Estaría
en la cama y tendrían que lavarme cada mañana. Cada vez que recuerdo aquella
escena, me conmuevo, igual que en aquel momento.
Para los sanitarios, el cuerpo
humano es su trabajo. Los que somos ajenos a ese mundo tenemos que vencer esa
barrera, se consigue, es cierto. Lo hacen fácil, natural, lo sé. Estaba a punto
de descubrirlo.
Dedico este post a los celadores y auxiliares que me
cuidaron cada día con tanto amor, que me
enseñaron que no es humillante que nos tengan que lavar, al revés, sentirnos
limpios en esas situaciones aumenta nuestro bienestar. Gracias a todos. Quiero
hacer una mención especial al celador, en aquellos años un muchacho, que en su primer día de trabajo y al verme
tan joven como era él no fue capaz de acercarse a mí. Seguro que, igual que yo,
lo superó.