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Mi objetivo es ayudar a quién esté viviendo las secuelas de un ictus. Os cuento mis dudas, miedos y lo que tanto me ha costado aprender, de forma positiva y real.
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miércoles, 11 de mayo de 2022

LO QUE ME OCURRIÓ I

 

 


En realidad, yo no sufrí un ictus. Al menos, no de forma natural. Fui diagnosticada de un angioma en el parietal derecho. Me dijeron que me tenían que operar porque había riesgo de derrame. La cirugía, me aseguraron, era la más sencilla que existía de ese tipo. El único riesgo era que durante una temporada corta, podía ser que en momentos concretos, perdiera un poquito el control sobre mi brazo izquierdo, solo eso. Se preveía que en un mes estaría recuperada y me podrían dar el alta. Yo, que soy una ingenua, me lo creí. Puse mi vida en otras manos y me lancé al vacío.

Cuando estaba en la camilla, en la puerta del quirófano me inyectaron algo que  hizo efecto rápido y sentí que ya no había marcha atrás, el control de mi cuerpo ya no me pertenecía. Me agobié bastante…

Recuerdo la luz intensa, la mascarilla que me pusieron para dormirme, las voces de las personas que estaban allí y… nada más. Lo siguiente que me viene a la mente es la UVI, no sé cuánto tiempo había pasado. En ese intervalo fui operada dos veces. Me contaron que veinticuatro horas después de la primera cirugía, sí, esa que era imprescindible para evitar un ictus, pasó justo eso que pretendían evitar. ¡Ironías de la vida! Nunca sabré si la hemiplejia se produjo en la primera o en la segunda operación, esa que ya lo único que pretendía era salvarme la vida, evitar que entrara en coma.

Tampoco sé cuándo fui consciente de lo ocurrido. Solo pensaba que me habían dicho que era “pasajero” eso fue lo que me salvó, creer que en un mes estaría bien.

Escribir sobre esto me remueve por dentro, me hace revivir los peores momentos de mi vida y me hace sentir estúpida por haber confiado en quien no debía.

En todo este tiempo, no sé la cantidad de veces que he pensado en lo genial que habría sido no despertar nunca. Sí, yo también tengo mis días malos. Ocurren de vez en cuando, pero se pasan. Se pasan porque siempre, incluso en los peores momentos, hay algo bueno. Yo he decidido creer en esto. Por ejemplo, recuerdo la UVI como un sitio acogedor, se estaba bien, pero el tiempo pasaba muy lento. Las enfermeras eran muy amables, cada vez que les preguntaba la hora me respondían con cariño “han pasado cinco minutos desde que lo preguntaste por última vez” y así pasaron varios  días interminables.

Apenas recuerdo a mi familia en esos momentos. Ellos sí que se sentían desesperados. Les habían dicho que existía la posibilidad de que no los reconociera... ¿De verdad?, ¿cómo se pasa de la operación de cerebro más fácil a esto? Esto es lo que siempre me he preguntado.

Afortunadamente los conocí a todos, mis facultades mentales “parecían” intactas.

Un día pedí el periódico y permitieron que me lo llevaran. A pesar de tener mis gafas, noté que no veía bien. Leer tampoco me resultaba fácil. Era como si todas mis capacidades se hubieran ralentizado.

Cuando finalmente me llevaron a la habitación, entonces fue cuando vi que mis problemas físicos eran mucho más graves de lo que imaginaba. No me mantenía sentada. Tenía todo el lado izquierdo paralizado. Al hablar a veces me trababa, era como si mi pensamiento fuera más rápido que mi voz. Me había convertido en una muñeca de trapo...

LA IMPORTANCIA DE LAS PALABRAS: NUESTRO DISCURSO INTERNO

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