Lo peor
estaba por llegar. Al principio estaba muy animada. Creía que si comía bien, me
recuperaría antes. Empecé la rehabilitación con mucho entusiasmo, pero pronto
me vine abajo.
Las sesiones
de terapia ocupacional eran muy frustrantes. Pasaba las mañanas sentada a una
gran mesa con otras personas que hacían lo que podían, igual que yo. No quiero
decir que no resultara útil, lo fue y mucho. Mi brazo no consiguió ninguna
movilidad, pero aprendí a vestirme, ponerme las lentillas, atarme las
deportivas,... Es asombroso todo lo que se puede hacer con una sola mano, pero
nadie intentó recuperar mi mano izquierda. Creo que, en todo el tiempo que pasé
allí, me la movilizaron dos veces. Yo entrelazaba mis manos y las deslizaba por
la mesa en diferentes direcciones. Este ejercicio es muy bueno, no digo lo
contrario. Si hubiera tenido un poquito, solo un poquito de esperanza, lo
habría practicado mil veces al día, cualquier cosa es mejor que no hacer nada.
Sin embargo, todos se afanaron desde el principio en convencerme de la
imposibilidad de conseguir ningún avance.
En poco
tiempo dejé de comer, solo quería llorar. Empecé, también, con unas fiebres muy
altas. Cada día a última hora de la tarde, mi temperatura empezaba a subir.
Nunca supimos la razón. Yo tengo mi propia teoría. Pienso que fue el rechazo de
mi cuerpo a las numerosas transfusiones que tuvieron que hacerme durante la intervención.
Lo que más
influyó en mi estado de ánimo, en aquel momento, fue compartir habitación con
una paciente de treinta y pocos años que padecía un tumor cerebral muy
agresivo. La veía deteriorarse, no había nada que los médicos pudieran hacer
por ella. Se moría y yo sentía que si seguíamos compartiendo habitación, me iría
con ella. Perdí toda motivación y solo deseaba que todo acabara. Quizá no lo
pensaba de forma consciente, pero la tristeza se iba apoderando de mí. Suspendieron
la rehabilitación, nadie sabía qué hacer conmigo. No me levantaba de la cama,
me tuvieron que inyectar heparina para la circulación y me vendaron los pies
para evitar llagas. Fueron los peores momentos, nadie imaginaba que
sobreviviría a ellos.
Un día llegué
al límite y le dije a una de las enfermeras que si no hacían algo pronto,
perderían a dos pacientes. Creo que esto les hizo reaccionar.
Fue el
comienzo de una nueva etapa. Yo todavía no lo sabía, pero estaba a punto de
conocer a la persona que me salvó, aunque esto lo contaré otro día.
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