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Mi objetivo es ayudar a quién esté viviendo las secuelas de un ictus. Os cuento mis dudas, miedos y lo que tanto me ha costado aprender, de forma positiva y real.

miércoles, 8 de noviembre de 2023

LO QUE ME OCURRIÓ II

 

 

Lo peor estaba por llegar. Al principio estaba muy animada. Creía que si comía bien, me recuperaría antes. Empecé la rehabilitación con mucho entusiasmo, pero pronto me vine abajo.

Las sesiones de terapia ocupacional eran muy frustrantes. Pasaba las mañanas sentada a una gran mesa con otras personas que hacían lo que podían, igual que yo. No quiero decir que no resultara útil, lo fue y mucho. Mi brazo no consiguió ninguna movilidad, pero aprendí a vestirme, ponerme las lentillas, atarme las deportivas,... Es asombroso todo lo que se puede hacer con una sola mano, pero nadie intentó recuperar mi mano izquierda. Creo que, en todo el tiempo que pasé allí, me la movilizaron dos veces. Yo entrelazaba mis manos y las deslizaba por la mesa en diferentes direcciones. Este ejercicio es muy bueno, no digo lo contrario. Si hubiera tenido un poquito, solo un poquito de esperanza, lo habría practicado mil veces al día, cualquier cosa es mejor que no hacer nada. Sin embargo, todos se afanaron desde el principio en convencerme de la imposibilidad de conseguir ningún avance. 




En poco tiempo dejé de comer, solo quería llorar. Empecé, también, con unas fiebres muy altas. Cada día a última hora de la tarde, mi temperatura empezaba a subir. Nunca supimos la razón. Yo tengo mi propia teoría. Pienso que fue el rechazo de mi cuerpo a las numerosas transfusiones que tuvieron que hacerme durante la intervención.

Lo que más influyó en mi estado de ánimo, en aquel momento, fue compartir habitación con una paciente de treinta y pocos años que padecía un tumor cerebral muy agresivo. La veía deteriorarse, no había nada que los médicos pudieran hacer por ella. Se moría y yo sentía que si seguíamos compartiendo habitación, me iría con ella. Perdí toda motivación y solo deseaba que todo acabara. Quizá no lo pensaba de forma consciente, pero la tristeza se iba apoderando de mí. Suspendieron la rehabilitación, nadie sabía qué hacer conmigo. No me levantaba de la cama, me tuvieron que inyectar heparina para la circulación y me vendaron los pies para evitar llagas. Fueron los peores momentos, nadie imaginaba que sobreviviría a ellos.

Un día llegué al límite y le dije a una de las enfermeras que si no hacían algo pronto, perderían a dos pacientes. Creo que esto les hizo reaccionar.

Fue el comienzo de una nueva etapa. Yo todavía no lo sabía, pero estaba a punto de conocer a la persona que me salvó, aunque esto lo contaré otro día.

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