Si hubo algo bueno al principio, fue la ausencia total de
malestar. Agradecía cada día que a pesar de la situación que estaba viviendo,
no me molestara nada. Ni siquiera la cicatriz en mi cráneo.
A lo largo de estos años, he padecido diversos episodios de dolor,
de diferente intensidad, pero asumibles. El primero fue en el dedo del pie afecto, era
muy agudo pero de fácil solución. Simplemente, requería una visita al podólogo.
Unos ocho años después de la operación, apareció el dolor de
rodilla, era una molestia intermitente, tenía sus días intensos y otros
más llevaderos. Me hicieron una radiografía, el diagnóstico fue “principio de
osteoporosis”, pero no debía de ser verdad porque desapareció con unas sesiones
de fisioterapia adecuadas y no volvió a aparecer hasta una década más tarde. Me
molestó otra temporada y, finalmente, se fue.
Hace unos años me empezó a doler la cadera derecha, a
veces de forma bastante fuerte, pero es también un dolor esporádico, aunque en
ocasiones, puede convertirse en un trastorno muy desagradable. En estos casos,
los ejercicios de estiramiento ayudan a mitigarlo.
Lo peor es el malestar en los pies. Ya os dije lo importante
que es intentar prevenirlo. Os hablé del dolor en mi pie derecho. Ahora son los
dos, pero principalmente el izquierdo. He ido al médico y después de varias
exploraciones han concluido que es espasticidad, ya lo sospechaba.
La solución que me han dado es hacerme infiltraciones de toxina
botulínica, parece que funciona bastante bien, y no lo discuto. Tenía la
cita fijada, pero cuando llegó el momento decidí no ir, me asusté, lo admito.
Temí que me produjera debilidad en el pie y que eso afectara a mi marcha. No sé
si me habré equivocado.
En cualquier caso, pienso que la mejor solución radica en la
fisioterapia. Entiendo que los recursos públicos son limitados, pero estoy
convencida de que el mejor tratamiento es la rehabilitación, por eso en los
últimos meses he optado por dos sesiones semanales, en lugar de una.
En una consulta previa, me recetaron una medicación para el dolor
neuropático. Pregunté por los efectos
secundarios, siempre lo pregunto, y la
doctora que me atendió me dijo que no tenía ninguno, no entiendo por qué me
mintió. Cuando leí el prospecto me irritó no haber sido informada sobre las
consecuencias adversas que conllevaba ese medicamento. Por supuesto, no me lo
he tomado. Merecemos que los médicos nos adviertan de forma clara sobre los
posibles efectos adversos de los tratamientos que nos recomiendan. Leí, aparte
del prospecto, varios informes científicos publicados en internet y todos
llegaban a la misma conclusión. También he hablado con diferentes personas que
lo han tomado y todas las opiniones coinciden.
Imagino que si el dolor fuera insoportable no me quedaría más
remedio que ingerir ese tipo de fármacos. Mientras tanto, Confío en los avances
médicos y espero que en el futuro aparezcan nuevas y mejores soluciones.
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