Hoy os quiero hablar de
uno de los retos más difíciles que tuve que superar. Estoy convencida de que
cualquier persona con una hemiplejia puede sentir temor cuando se enfrenta a
una escalinata. Una cosa es dar unos pasos por un pasillo y otra lanzar un pie
al vacío, así es como yo lo sentía, así es como aún lo siento en algunas
ocasiones.
Si los bordillos para
cruzar una calle me producían pavor, imaginad un tramo de escaleras. Pasé por
diferentes fases, primero fue aprender a dar los pasos necesarios que me
permitieron atravesar una calzada.
Un tiempo después,
afrontaría tramos más largos. Cuando me atreví a montar en metro, me movía con
precaución. Pasito a pasito, escalón a escalón, bien agarrada al pasamanos por
si perdía el equilibrio. Subir era más fácil. Me daba menos miedo, aún así pasó
mucho tiempo antes de aventurarme a echar un pie a un peldaño y el otro al
siguiente. De hecho, he tardado más de dos décadas en bajar sin apoyar los dos
pies en el mismo escalón.
Os cuento todo esto para
que no desfallezcáis ni penséis que vuestra recuperación va muy lenta. Es un
proceso que puede resultar tedioso, pero cualquier pequeño avance nos acercará
a nuestra meta y nos podemos enfrentar a ello como si fuera un ejercicio de
rehabilitación, porque cualquier movimiento que necesitemos hacer que nos saque
de nuestra zona de confort nos sirve de entrenamiento y nos ayuda a progresar.
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