Hoy quiero tratar un tema
controvertido. Ayer, hablaron en las noticias de una joven a la que le han concedido
la eutanasia. La primera pregunta que cualquiera
puede hacerse ante una solicitud de este calibre es, quizá, cuánto puede sufrir
un ser humano para elegir esa vía. Preferir enfrentarse a la muerte antes que
seguir con una existencia insoportable me conmociona, nos conmociona a todos.
La eutanasia la suelen conceder a
personas que padecen una enfermedad que afecta seriamente a su calidad de vida
y que, con los medios actuales, no tienen ninguna posibilidad de mejorar. Tiene
que ser una decisión consciente tomada por quien lo
solicita. Cada caso es completamente diferente y por eso se estudian y analizan
de manera escrupulosa uno a uno. Los expertos en el tema aseguran que es un procedimiento garantista.
El derecho a la eutanasia es un avance social que, llegado un momento determinado, nos puede
liberar de una situación que percibimos insostenible. Este derecho no implica,
en ningún caso, que todos los que tenemos una discapacidad o una enfermedad
grave tengamos que recurrir a ello. Pero, la realidad es que hay situaciones
insufribles, no por la condición en sí misma, sino por cómo la percibimos. Es
una opción que a mí, en particular, me produce un gran alivio
saber que existe. Pero, al mismo tiempo, es un fallo de la sociedad que pone de
manifiesto la incapacidad de encontrar soluciones.
Por otro lado, sé que puede entrar en
conflicto con ideas religiosas que
rechazan este derecho de forma firme y ¿quién soy yo para rebatirlo?, siento un
gran respeto por las creencias de los demás, pero defiendo que la determinación
de un ser con plenas facultades siempre debería prevalecer.
Para mí, es reconfortante
saber que si sentimos que lo necesitamos, nos podamos marchar de este mundo
rodeados de los nuestros, en paz y sin dolor.
Dedico esta publicación a Noelia con todo mi respeto.