Cuatro meses después de ingresar en el hospital, El 15 de enero de 1988 recibí el alta médica. Por fin podía regresar a mi vida. El problema era que mi vida ya no existía, quería volver, por supuesto, pero me aterraba mi nueva realidad. Era un reto al que no sabía cómo enfrentarme. En esos meses, el hospital se había convertido en mi casa. En mi zona cómoda. Allí dentro me sentía segura.
El
alta, en el caso de un ictus con secuelas, no implica que estés bien. En los
siguientes meses tuve que ir cada día a rehabilitación. Una gran parte de mi
tiempo seguía transcurriendo allí.
Lo
que sentía era una mezcla de felicidad, miedo e incertidumbre. En aquel momento
estaba muy lejos de ser independiente. Había muchísimas cosas que no era capaz
de hacer ni podía imaginar la manera.
Por
otro lado, fui muy afortunada, en casa no había ni una sola barrera
arquitectónica para acceder al portal y
desde allí, poder subir en ascensor hasta la planta once, donde vivíamos.
Agradecí mucho esa casualidad. Debía ser de los pocos edificios de la zona que
no tenía ni un solo escalón de acceso.
Ahora,
ya no recuerdo muchos detalles, pero tengo algunos grabados como si fueran de
ayer. El primer día que hice la cama ¡Algo tan sencillo! tardé muchísimo y me
tuve que sentar varias veces. Fue agotador. Recuerdo también, cuando salí sola
por primera vez para comprar el pan. Lo que sentía no era miedo, era auténtico
pánico. Tenía que cruzar dos pequeñas calles y aquello me parecía una
dificultad insalvable. Cada bordillo era como un gran abismo.
Poco
a poco, fui superando todos esos pequeños grandes temores. No fue
fácil, ni rápido, no os voy a mentir. Fueron meses, en algunos casos años de
lucha.
Aprendí
a hacer las tareas cotidianas de otra forma. Me hice más paciente. La calma,
que no era una de mis características, se convirtió lentamente en mi aliada.
Sin embargo, había también días de desesperación. Mi humor cambiaba
constantemente. Incluso llegué a tener una especie de diario en el que iba
anotando esas alteraciones. Mi mente se debatía entre la locura y las ansias
por recobrar lo que había perdido. A pesar de todo, el ser humano ha
sobrevivido y evolucionado a lo largo de la historia por su capacidad
de adaptación.
Así,
casi sin darme cuenta, me fui acostumbrando a mi nueva condición. Aunque
parezca mentira, casi todo se puede hacer con una mano. Empecé a cocinar, poner
la lavadora, limpiar, doblar ropa, planchar,… En casa, podía hacer “casi”
cualquier cosa.
La
vida continúa. Un día descubres que ya puedes ducharte sin ayuda y te sientes
como si hubieras subido a la cima del Everest. Compruebas que lo cotidiano lo
tienes conseguido.
Desafortunadamente,
los grandes sueños de juventud me habían dicho adiós. Una parte de mi vida se
había detenido. Las prioridades habían cambiado. Las metas que
tenía se disiparon y tendría que buscar otras con el tiempo.
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