La primera vez que percibí que algo no iba
bien fue un par de años antes de la operación. Sentí que la parte
superior de mi pierna izquierda se acorchaba. No era la sensación de pierna
dormida, eso puede ser normal. Era diferente, extraño y casi aterrador.
Intenté no darle importancia, no lo comenté con nadie, pero de alguna manera supe
que había un problema.
No recuerdo la segunda vez, pudieron transcurrir meses, no lo sé. A partir del primer síntoma empecé a tener sueños raros. Me
despertaba en mitad de la noche obsesionada porque no tenía pelo. Llevaba mis
manos a la nuca para notar mi melena. Otras veces, sentía la misma sensación de
acorchamiento en la pierna y empecé a pensar que en el cole nos habían enseñado
que las funciones del cerebro están cruzadas, por tanto a mí debía pasarme algo
en el lado derecho. Se convirtió en una obsesión nocturna.
El tiempo fue pasando. Un día, andando por la
calle, volví a sentir mi pierna dormida. Esta vez, esa percepción llegó hasta
la cadera. A continuación, lo noté en el brazo izquierdo y luego en la boca. No
eran imaginaciones mías. A partir de ese momento, empezó a sucederme con más
frecuencia. Fui al médico. Me dijo que eran jaquecas típicas, aunque no me
doliera la cabeza. Me hicieron una radiografía, que “afirmó” que no había nada.
Como ya había ido a urgencias alguna vez y tenía programado un escáner, me dijo
que me lo hiciera, pero que no me pasaba nada. Yo sabía que no era cierto.
El escáner confirmó que tenía una malformación
vascular en el parietal derecho. Cuando vieron el resultado me ingresaron.
Había que operar, sí o sí. No había otra opción. JA nunca estuvo de acuerdo y
lo que ocurrió demostró que tenía razón. Debería haber pedido una segunda
opinión, pero no lo hice.
Había un cirujano que en lugar de operar los
angiomas, los cauterizaba. Coincidí en el hospital con una joven a la que se lo
habían hecho así y estaba perfecta. El azar hizo que en ese momento, el
especialista estuviera en Estados Unidos.
Siempre he creído que lo que pasó fue
inevitable. Quizá era una experiencia que tenía que vivir y de nada sirve
pensar que podía haber sido de otra manera.