No esperéis que todo el mundo a
vuestro alrededor esté ahí para animaros. Desde el primer instante sabréis
quien está y quién no. Habrá momentos de absoluta soledad y vacío. Pero, los
que estén os apoyarán de forma incondicional.
Yo fui muy afortunada, lo sé. Mi
marido siempre estuvo presente y no es fácil. Las enfermeras de mi planta me
contaban que no es raro que la pareja se marche. Yo no juzgaría a nadie por
ello. ¿Quién sabe cómo reaccionaríamos cualquiera de nosotros si nos pasara
algo así? Es imposible saberlo a priori. ¡En nuestro caso éramos
tan jóvenes! Mi marido no había cumplido aún los veinticuatro y yo iba a
cumplir veintiséis. Fue una prueba dura, durísima.
Imagino que cuando esto ocurre
en la tercera edad, aunque no sea más fácil, sí, podemos estar más preparados
para las adversidades, pero nosotros no lo estábamos. Nos vimos “obligados” a
pasar cuatro meses en la planta de neurocirugía de un hospital, enfrentándonos
a situaciones que nos venían muy grandes, demasiado.
Creo que si hubiera sabido con
antelación que iba a vivir una experiencia como esa, no lo habría podido
resistir. Pero, lo cierto es que esto me ha hecho más fuerte. Sé que el ser
humano se adapta a casi cualquier cosa. Podemos con mucho más de lo que
imaginamos y es peor pensarlo que vivirlo. Garantizado.
Así que, si alguien está pasando
una situación similar que no desespere. La vida nos va enseñando poco a poco a
lidiar con todo aquello que pensamos que nunca soportaríamos y por muy duro que
sea, siempre habrá alguien a nuestro lado para ayudarnos a seguir.
Recuerdo el día de nuestro
primer aniversario de boda. Un día para celebrar. Vuelvo a ver a JA en aquel
pasillo del hospital Ramón y Cajal, diciéndome que levantara la cabeza, que yo
seguía siendo yo, aún en esa silla de ruedas. Me dijo que nunca bajara la
mirada, nunca. Esta escena siempre ha estado ahí, en mi memoria. Estas palabras
son ahora para todos los que estéis viviendo algo similar. Hoy os digo: Esto no
es el final.
Es cierto, siempre he sido yo.
Cuando iba por la vida a toda prisa y bajaba las escaleras del metro de dos en
dos y después, a cámara lenta. Aprendiendo a moverme de nuevo.