Desde que
tengo recuerdos, mi gran sueño siempre fue tener un hijo. Cuando la hemiplejia
llegó a mi vida, ese deseo tuvo que ser aplazado. Si no podía hacerme cargo de
mi misma, ¿cómo iba a poder criar a un niño?
Un día,
cuando estaba en terapia ocupacional, conocí a una terapeuta infantil. Fue ella
la que sacó el tema. Me prestó un libro en el que descubrí que los bebés se
adaptan a sus madres. Leí historias inspiradoras que encendieron una luz en mi
interior y me hicieron plantearme que quizá no tendría que renunciar a mi gran
ilusión.
El embarazo
fue un gran momento, nunca me había sentido mejor. Es verdad que tenía muchos
miedos, pero los afronté desde el principio con una gran esperanza y
repitiéndome que todo iba a salir bien.
Algunas
personas a mi alrededor me dijeron que era un poco inconsciente, lanzándome a
una aventura de semejante calibre en un estado como el mío. Me sentía bastante decepcionada
porque no entendía que aquellos que mejor me conocían, que sabían de todas mis
habilidades, pensaran así. Pero hay aspiraciones que mueven montañas y yo me
seguía repitiendo que todo saldría perfecto. Me ayudó bastante pasar los nueve
meses trabajando. No tenía mucho tiempo para preocuparme. Cuidé mi alimentación
todo lo posible. En cada revisión, los análisis fueron perfectos y la fatídica
ley de Murphy no se cumplió. O quizá sí. Todo lo que pudo salir bien, salió
bien.
La maternidad
fue para mí una experiencia mística, lo es para muchos padres. Me reconcilió
con el mundo y sentí que había sucedido algo milagroso a pesar de mi
agnosticismo.
Mi hijo ha
sido el mayor regalo que la vida me ha dado. Desde que lo sentí en mi interior
por primera vez, me sentí imbuida de una fuerza casi sobrehumana. Esa sensación
me hizo superar muchos miedos. Pero, si todas las madres primerizas se sienten
inseguras, en mi caso, esa inseguridad se multiplicó por mil. Yo sentía que
tenía que demostrar a todos los que en algún momento dudaron de mi capacidad
para ser madre, que estaban equivocados. Por supuesto necesité ayuda. Nunca
estuvimos solos, con la colaboración de mis suegros, mi padre, los amigos y con
mucho amor fue posible.
Disfrutamos
mucho de Adrián, yo pasé mis mejores momentos jugando con él en el suelo. Me
hizo más ágil de lo que nunca imaginé. Llenó la casa de luz y risas. Fue un
niño tan increíble, tan alegre, tan bonito, con un corazón de oro. Es mi gran
orgullo, imagino que es lo que sienten todas las madres.
Doy gracias a
la vida por este maravilloso regalo que ha hecho que todo haya merecido la
pena.