Hoy hace cincuenta años que un ictus, provocado por una leve lesión de corazón, arrancó de mi vida a la persona que más quería, mi madre. Fue fulminante.
Como me gustaría poder dar marcha
atrás en el tiempo y volver a ese último día que pasé a su lado, para abrazarla
y decirle cuanto la quiero y cuanto iba a echarla de menos el resto de mi vida. Me costó mucho menos asumir mi hemiplejia que su pérdida. Durante años me dormí
cada noche llorando por ella. Cada día la escondía entre los restos
petrificados de ese corazón que se me rompió en mil pedazos y seguía adelante sintiéndome
el ser más desvalido y triste del mundo, pero sin que nadie lo notara. Tardé
más de diez años en poder hablar de ella sin llorar, aún hoy me sigue costando.
Y es que era mi mundo entero.
Cuando quince años más tarde me enfrenté
a las secuelas que padezco, me aliviaba pensar que ella no estaba allí para
sufrirlo conmigo. Sí, no tuvo que enfrentarse a ese dolor. Triste consuelo.
Hoy agradezco que la vida me regalara un tiempo extra para
permanecer al lado de las personas que amo, para disfrutar de la vida que
tengo, con lo bueno y lo malo. Ojalá y mi madre hubiera tenido esa oportunidad,
para verme crecer, aunque hubiera tenido que lidiar con las consecuencias de ese maldito ictus.
Después de leer tu blog,sólo puedo decirte que eres una persona admirable y muy fuerte;tu madre hubiera estado muy orgullosa de tenerte como hija,de la misma forma me yo me siento muy afortunada de haberte tenido como amiga.Sigue adelante ,eres un ejemplo a seguir.Solo siento por todo lo que has tenido que pasar.Un beso muy fuerte.
ResponderEliminarMuchísimas muchísimas gracias, Piedad. Que palabras tan bonitas.En realidad, no soy fuerte, vivimos lo que nos toca y lo llevamos como podemos. Yo también me siento muy afortunada por tenerte ahí. Gracias.
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