Esta
publicación se la quiero dedicar a una persona muy especial: Rojas. Era un celador
de Ramón y Cajal. Uno de los seres más humanos que he conocido. Parece que los hospitales funcionan por los médicos y
cirujanos. Yo pienso que quien hace que un hospital funcione son el resto de
personas que pasan todas sus horas de trabajo al lado de los pacientes. Al
final, los médicos solo nos ven unos minutos cada día, pero el resto están ahí
dándonos todos sus cuidados. Cada una de esas personas está en mi corazón, de
algunas ya no recuerdo el nombre, pero sí todo el amor que pusieron al hacer su
trabajo, la mayoría de las veces hacían mucho más que eso. Eran seres llenos de
vocación que me sacaron adelante con su
cariño.
Rojas era el
encargado de llevarme a rehabilitación,
primero en camilla; un tiempo después, cuando ya me mantenía sentada, empujaba
mi silla por los pasillos del hospital, siempre de buen humor, siempre intentando
animarme. Así era él, no podía verme triste.
Recuerdo días,
en los que al recogerme para llevarme de nuevo a mi habitación, se daba cuenta
de que había llorado y se me notaba mucho. En esos momentos, no me trasladaba
directamente, para evitar que mi familia se diera cuenta, me paseaba por los
pasillos dando vueltas innecesarias, esperaba a que hubieran desaparecido de mi cara y mis
ojos los restos de lágrimas. Charlábamos,
me hacía reír, y solo entonces, me devolvía a mi lugar y se despedía
hasta el día siguiente.
Mil gracias,
Rojas, en mi nombre y en el de todas las personas a las que has cuidado y dado tu
cariño. Gracias a ti y a todos los que como tú hacen de los hospitales lugares amables, cálidos,
sitios en los que no es tan malo estar.